miércoles, 18 de marzo de 2009

El miedo a discutir.


« Considerad vuestra simiente:

hechos no fuisteis para vivir como brutos,

sino para perseguir virtud y conocimiento »

Dante Alighieri, La Divina Comedia, Inferno, Canto XXVI.


¿Por qué tenemos tanto miedo a discutir? ¿Acaso estamos tan inseguros de nuestros puntos de vista o de nuestros conocimientos, que evitamos la discusión, y preferimos mantener el statu quo antes que arriesgar lo que tenemos por algo mejor? La libertad entendida en términos democráticos, nos obliga a vigilar y a pensar, y cuando dejamos de hacerlo, es porque preferimos nuestra cómodo presente, la continuidad de lo existente, antes que atrevernos a buscar mejores soluciones. Ni siquiera es una espiritu de superación mental lo que nos aferra a éste vacío, como podría entenderse en términos budistas, sino que una obstinada voluntad por arriesgar las velas al viento que sopla de los pulmones de una anquilosada oligarquia, con la esperanza de no llegar a ni un puerto, sino más bien, seguir navegando en las aguas calmas de la mediocridad.
Tal vez, debamos entenderlo de una manera positiva, y plantear que nuestra obsesión por evitar la discusión es expresión de orgullo nacional por nuestras históricas instituciones. O quizá, nuestro pasado nos condena, y creemos que discusión significa desición. No es así. La discusión, entendida como debate, es parte primitiva de la democracia, incluso más esencial que el hecho de votar. El debate, bien planteado, reconoce a las partes como iguales que por medio de la razón, la inteligencia y la humildad, logran llegar a un acuerdo sobre la verdad de un asunto, o sobre la mejor solución a un problema. Por medio de la razón, puesto que las partes deben acordar que los sentimientos y las beneficios personales deben interferir lo menos posible en el debate. Por medio de la inteligencia, puesto que debe establecerse una lógica que guíe la discusión y le permita alcanzar un fin. Y por medio de la humildad, ya que cuando la soberbia domina las partes, la razón y la inteligencia son inútiles. Cuando la soberbia domina a las partes, es imposible que la discusión llegue a puerto.
Quizá es eso lo que tememos. A nuestra propia soberbia, o a la soberbia del otro. Tal vez, pensamos que la discusión no tiene sentido, puesto que siempre se nos impondrá una idea. Pensamos que debatir sobre el aborto o la pena de muerte es intrinsicamente malo, casi tanto como apoyar el homicidio. Cuándo pensamos en la muerte, valoramos la vida y eso es lo valioso de los debates sobre temas tan delicados. Debatir sobre la pena de muerte no significa asesinar delincuentes, así como debatir sobre el aborto no significa asesinar fetos. Debemos considerar éstas situaciones como una oportunidad para expresar el valor de la vida humana en nuestros códigos morales, para consolidar nuestro respeto por la vida en su totalidad.
Evitar la discusión, es evadirse. Evitar pensar y evitar al otro. En otras palabras, evitar discutir, es anular, a uno mismo y al otro. En términos políticos, nos consolamos con la acción de votar, pero ésto también es anular. En términos estrictos, tras una votación, una mayoria anula una minoria. La única manera de validar al otro y así, validarse a uno mismo, es debatir, siempre conscientes que somos iguales.

Oremos por tener la inteligencia y la humildad para alcanzar la razón.

Muchas gracias, Namaste.